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miércoles, 10 de agosto de 2011

La procrastinación

Las tentaciones son un patrimonio de la humanidad, además, cada vez son mayores y más poderosas. Nos rodean, están por todas partes. Y parece que nuestros sentidos sólo le prestan atención a ellas... ¿por qué delante de una frutería no reaccionamos igual que delante de una pastelería?. La carne es débil, es algo que siempre se dice y que realmente es cierto. No conozco a nadie que no sucumba a algún tipo de tentación. Este debilidad también es conocida como la procrastinación, un deporte que todos practicamos en algún momento y en el que hay verdaderos profesionales. No sé si se podría llamar defecto, pero esa tendencia natural que tenemos de aplazar lo que no nos gusta para hacer primero algo que nos agrada más, a pesar de que esto sea mucho menos importante, es una cualidad común al ser humano.
 
Quién no sabe que fumar mata, o que hablar por el móvil en el coche es causa de accidentes, quién no reconoce los beneficios del ejercicio físico regular como el mejor antídoto contra la enfermedad. No creo que nadie tenga duda alguna sobre ello, pero ahora preguntaría: ¿cuánta gente conoces que fume?, ¿has hablado alguna vez por el móvil mientas conducías?, ¿practicas ejercicio de forma regular?, y si lo haces, ¿cuántas veces el sillón de tu casa te ha llamado a gritos para que no lo abandones por tus zapatillas de deporte?. Todos tenemos claro los beneficios de determinadas acciones a largo plazo, pero es el corto plazo, el placer instantáneo, el comportamiento irracional, el que guía nuestras acciones. Conscientes de ello, fabricantes de coches, de teléfonos móviles, de electrodomésticos,... intentan constantemente suplir esta “deficiencia” de la persona con sistemas de seguridad que permitan minimizar los efectos perniciosos de la procrastinación, pero  a pesar de los pesares, nuestra capacidad para anteponer el corto al largo plazo sigue provocando un sin fin de comportamientos irracionales de los que seguro tú podrías redactar una buena lista.
 
El ser humano es un manojo de instintos, no muy diferentes del que disfruta el resto del reino animal, y es precisamente la procrastinación la que nos acerca al mundo animal y nos aleja del mayor de los poderes del ser humano: ser responsables de nuestras acciones. Quizás las sociedades del futuro destaquen por ser capaces de anular los efectos negativos del poder de algunos de esos instintos. Es precisamente nuestra consciencia la que nos debe hacer dueña de nuestros actos, dejar que nuestros instintos decidan por nosotros no nos deja en mejor lugar que un león, un primate o un ratón. Quizás la base de la procrastrinación sea la falta de autocontrol, igual que los niños que se hacen pis en cama. Y lo más contradictorio de la situación es que nosotros, procrastinadores por naturaleza, tratamos de educar a nuestros hijos para que no lo sean. Al final ellos no dejan de repetir lo que ven a su alrededor y eso provoca una espiral que genera un ser humano esclavo de su pereza, de su incapacidad para tomar decisiones correctas a largo plazo. En paralelo, la tecnología que creamos diseña miles de sistemas para ayudarnos a ser cada vez menos esclavos de la procrastinación, pero lo único que consiguen es hacernos todavía más dependientes. ¿Será este la cura a nuestra pereza, o quizás sea una de las causantes de una dependencia cada vez mayor de gadgets antiprocrastinación?. ¿Quizás la tecnología nos convierte en seres menos capaces de auto controlarnos? no lo sé, pero me da la sensación de que muchas de estas tecnologías son incompatibles con el ser humano, es cierto que alimentan y ayudan a que nuestra falta de autocontrol no se convierta en una debilidad fatal, pero realmente están vaciando la esencia del ser humano y acercándolo un poco más a esos animales que viven la sabana. Recordemos que somos responsables de educar a las generaciones futuras, no descarguemos toda la responsabilidad de evitar este tipo de comportamientos en las tecnologías, ellos serán el espejo de lo que nosotros somos. 
 
Conociendo los efectos perniciosos de la procrastinación, es cosa nuestra diseñar sistemas que ayuden a suplir esta fragilidad, que nos permitan mejorar nuestro autocontrol y sobre todo que nos ayuden a ver los beneficios a largo plazo de asumir determinados “sacrificios” en la inmediatez del momento. Como sociedad, es enormemente beneficioso saber cuándo fallamos y ser capaces de diseñar o inventar nuevas formas de vencer a nuestros errores, pero para ello no creo que necesitemos la tecnología, nosotros poseemos la mayor de las computadoras, os recuerdo que está encima de nuestros hombros.

sábado, 25 de diciembre de 2010

el autocontrol malgastado

El ser humano posee una resistencia natural al cambio. La seguridad de lo conocido nos permite ahorrar energía y dedicarla a otras actividades. La transformación en hábitos de cualquier actividad es algo que hacemos de manera constante, así podemos vivir sin tener que pensar en cómo debemos hacer un gran número de tareas diarias (desplazarse al trabajo, despertarse, desayunar, comer, trabajar, ...). Imagínate que cada día tuvieses que pensar por donde ir al trabajo, cómo hacerlo, cómo tratar a tus compañeros, a tu jefe,... la vida sería muy estresante. Al final del día estarías exhausto y todos sabemos que cuando estás cansado es más fácil que te alejes de la mejor versión de ti mismo. 

Un grupo de investigadores han demostrado como esa resistencia natural al cambio poco tiene que ver con la pereza. Más bien es una cuestión de ahorro energético personal. Para demostrarlo realizaron una serie de experimentos que detallo a continuación:
Se reunió a un grupo de personas en una sala donde había un irresistible olor a galletas de chocolate recién salidas del horno. En el centro de la sala había una mesa con dos recipientes, en uno de ellos estaban las galletas que desprendían ese olor tan maravilloso, en el otro, unos sanos, pero insípidos rábanos. A un grupo de personas se les pidió que comiesen tantas galletas como les apeteciese, al otro grupo se les dijo que sólo podían probar los rábanos. Mientras los “conejillos de indias” cumplían sus correspondientes cometidos, los observadores abandonaron la sala. El objetivo era que las personas que estaban comiendo los rábanos sintiesen la tentación de “picar” alguna de las galletas, pero éstos, obedientes, ni las probaron. 
Terminada la prueba, se les pasó a otra sala para que hiciesen otro experimento totalmente diferente. En esta ocasión se trataba de que los participantes completasen una forma geométrica con un lápiz sin poder levantar éste del papel. El ejercicio era imposible, pero el objetivo final era poder comprobar la persistencia de los participantes por sacar adelante el cometido. El resultado fue el siguiente: las personas que comieron los rábanos lo intentaron durante una media de 8 minutos, los de las galletas de chocolate 19 minutos. Como veis, la diferencia es considerable.

La conclusión de los investigadores fue, por lo menos, curiosa: el autocontrol es un recurso finito. Aquel grupo que fue obligado a comer los rábanos tuvo que hacer uso de un mayor autocontrol y esto les llevó a que su fuerza de voluntad para terminar el segundo ejercicio fuese menor.
El trabajo es un entorno lleno de normas y procedimientos; implícitos o explícitos. Cultura, valores, misiones, funciones, jerarquías, procedimientos, creencias, ... Todo ello requiere que nuestro comportamiento se adapte. Pero hay dos caminos: Uno consiste en encajar, en entender, aceptar y vivir este entorno como una prolongación de nuestra vida. El otro se caracteriza por lo contrario. 
En el primero, el autocontrol es mínimo, no tienes que fingir, puedes ser tú mismo, demostrar lo que piensas y vivirlo de una forma libre. Consume poca energía y nos permite utilizarla en lo que más nos gusta, dedicarla a aquello que merece realmente la pena (la familia, las aficiones, los amigos, ...).
El segundo camino devora nuestra energía. El autocontrol utilizado para disimular el gap entre lo que somos y lo que hacemos hace que nos vaciemos. El miedo a perder el trabajo, a no ganar dinero, a no poder permitirnos ciertos caprichos,... nos esclaviza. El resultado es que la energía que podrías dedicarle a lo que te gusta la dedicas a algo en lo que no crees ... y esta factura la suelen pagar los que menos se lo merecen.
Ser uno mismo nos hace libres!!!.

domingo, 13 de diciembre de 2009

preguntar es gratis


El ser humano llega a este vida con la mente totalmente en blanco. Al nacer nos encontramos con un mundo lleno de estímulos totalmente nuevos, cientos de cosas que nuestros sentidos desconocen, un entorno repleto de riesgos ajenos a nuestro control. Ya desde pequeños, los seres humanos necesitamos ser resguardados por el paraguas de nuestros padres. Ellos son quienes nos ayudan a interpretar este nuevo mundo desconocido, quienes nos enseñan a valernos por nosotros mismos, quienes desde muy muy pequeños saben qué es lo que necesitamos para sobrevivir.


Y así vamos creciendo, al resguardo de estas personas tan maravillosas, que en un acto de amor infinito, deciden por nosotros qué es lo que necesitamos y cuándo lo necesitamos. Esta actividad, poco a poco se va convirtiendo en un hábito para los padres, e incluso, cuando llegas a la edad adulta siguen decidiendo por ti cuáles son tus necesidades ... a quién no le suenan esos consejos maternos/paternos pasados los treinta, los cuarenta, los cincuenta, ... !!!


De nuestros padres aprendemos la mayor parte de las cosas que somos y hacemos. Y en esta herencia viene incluida la creencia de saber qué es lo que los otros necesitan. Nos pasamos la vida diciéndo a los demás qué necesitan, como si supiésemos mejor que ellos qué es lo que realmente les conviene. Cuando encendemos la tele, leemos un periódico, ... es fácil encontrar un sinfín de situaciones donde se reproduce este patrón de comportamiento: jueces, consejeros, críticos, tertulianos baratos, políticos,... dictando sentencia sobre lo que necesitan los demás. En las empresas pasa lo mismo, todo el mundo sabe lo que hacer para resolver los problemas de los demás, pero pocos manejan su vida con tanta facilidad.


Hay una frase que le escuché a un compañero que habla por sí misma: “qué fácil es hablar de mí pero qué difícil es ser yo”. Así es, de las herencias que nos han dejado nuestros padres ésta pueda que sea una de ellas. Nos han enseñado un atajo para no preguntar qué es lo que necesitan los otros, como si tuviésemos un sexto sentido que nos hiciese saber lo que es. Con esa creencia llegamos al trabajo y es ésta la que muchas veces nos dificulta tanto las cosas.


Las relaciones humanas son el campo más complicado en cualquier trabajo. Es un generador de estrés enorme y suele ser el principal motivo de baja (problemas con el jefe, con los compañeros, con clientes, proveedores, ...). Estas relaciones humanas se ven dificultadas muchas veces por las diferencias de expectativas que se generan cuando no nos paramos a preguntar a la otra persona qué es lo que necesita. Cuando somos quienes tomamos esa decisión por el otro, puede ocurrir que muchas veces las cosas no suceden como a nosotros nos gustaría. Y la razón es tan sencilla como que ambas partes estaban interpretando lo que necesitaba la otra sin que ninguno de los dos hablase de ello directamente. Resultado: enfrentamiento, malos entendidos, frustraciones, cabreos, discusiones, ... en definitiva, ansiedad. Y cuando hay ansiedad es realmente sencillo que nos distraigamos del foco de nuestra verdadera misión en el trabajo.


Las herencias de este tipo suelen llevar asociados unos impuestos muy altos, y hay una manera muy sencilla de hacer que el precio no sea muy alto: preguntar a la otra persona qué necesita. Así de fácil y así de difícil.

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